Yo no había nacido cuando en abril de 1961 se declaró el carácter socialista del proceso cubano. ?Esta es la revolución socialista de los humildes, por los humildes y para los humildes?? anunció Fidel Castro cerca de las premonitorias puertas del cementerio de Colón. Muchos que lo escucharon, jubilosos y optimistas, suponían que el primer propósito revolucionario sería que dejara de haber gente humilde. Con esa ilusión, salieron a defender un futuro sin pobreza.
Al observar a los actuales destinatarios de lo anunciado hace casi cincuenta años, me pregunto cuándo la prosperidad dejará de verse como contrarrevolucionaria. ¿Querer vivir en una casa a la que el viento no logre arrancarle el techo dejará de ser -algún día- una debilidad pequeño burguesa? Todas las carencias materiales que percibo cuestionan el sentido de este colosal vuelco en la historia del país, sólo para que dejara de haber ricos, al precio de que hubiera tantos pobres.
Si al menos fuéramos más libres. Si todas esas necesidades materiales no se plasmaran también en una larga cadena que hace a cada ciudadano un siervo del Estado. Si la condición de humildes fuera una elección voluntariamente asumida y especialmente practicada por quienes nos gobiernan. Pero no. La renovada exaltación de la humildad lanzada por Raúl Castro este primero de enero nos confirma lo aprendido en décadas de crisis económica: que la pobreza es un camino que lleva a la obediencia.
El Economist recuerda a Huntington como el gran aguafiestas, un poderoso crítico del optimismo, un representante de una especie en extinción: un liberal de la guerra fría. "Huntington fue un personaje notable por muchas razones, pero sobre todo, porque tuvo la determinación de cuestionarl el excesivo optimismo de los años noventa. Tal vez el mejor homenaje que se le puede rendir ahora es cuestionar el excesivo pesimismo huntingtoniano que amenaza sustituirlo."
José Antonio Aguilar destaca su olfato intelectual: "A diferencia de muchos de sus colegas, siempre puso los caballos delante de la carreta y no al revés. Y como una especie de detective académico, o mejor aún, como uno de esos cerdos que son usados para buscar trufas en los bosques, Huntington casi siempre daba con algo importante. Identificaba patrones, señalaba procesos, ponía el dedo en la llaga. Era un experto del hallazgo sociológico; era menos hábil en la tarea de construir explicaciones acertadas a los fenómenos que descubría."
El gobernador de Coahuila, Humberto Moreira, ha desatado una polémica sobre la pena de muerte. Quiere que en su estado se pueda ejecutar a ciertos delincuentes. Así se hace en Estados Unidos cuya constitución deja a las entidades la libertad de imponer ese castigo. El promotor del debate se adelante, presuroso, a marcar con claridad los contornos de la polémica. "La discusión en Coahuila no es la pena de muerte, la discusión es cómo los vamos a matar: si los vamos a fusilar, los vamos a degollar o los vamos a ahorcar, o algo light que puede ser la inyección letal". El gobernador se deleita con las variedades del aniquilacion: fusilamiento, degüello, ahorcamiento e introduce su peculiar humor: debemos considerar también la ejecución light a través de la inyección letal. Tras el listado, el gobernador comunica su preferencia por el mexicano método del pelotón frente al fusilado. Además de ser una tradición patria, resulta ser un método económico. De acuerdo a los cálculos del gobernador es más barata una bala que una inyección de veneno mortal.
Las declaraciones del gobernador Moreira son repulsivas pero no son sorprendentes. El caldo de la desesperación prepara la sopa del populismo penal. El gobernador de Coahuila no es el único que promueve el castigo irreversible. Los oportunistas del Partido Verde han visto también este tema como el pasaporte para la elección del año que viene. Hace unos años los verdes pedían el voto para los ecologistas, no para los políticos. Ahora ofrecen la pena de muerte como solución a la crisis de inseguridad. El tucán promueve la muerte de los asesinos y violadores. ¿Qué más da la incoherencia de una formación ambientalista convocando ejecuciones? ¿Qué importancia tiene el hecho de que los dirigentes de ese negocio hayan votado muy recientemente para prohibir esa pena en la Constitución? El lema embona con las emociones del momento y eso es lo que cuenta. Es redituable electoralmente y eso es lo único que importa. El artículo completo...
Se han publicado una serie de artículos y obituarios sobre Samuel Huntington. El New York Times publica una notita; el artículo del Washington Post es más amplio y cita con razón un buen ensayo de Kaplan publicado en 2001 en el Atlantic. En el Times de Londres se describe a Huntington como el hombre que será recordado por millones como quien anticipó la gran narrativa del siglo XXI. En el National Review, Mackubin Thomas subraya la vigencia de su primera obra, The Soldier and the State. Francis Fukuyama recuerda a su maestro y se concentra en sus aportes al estudio de la política comparada. En El país, Fernando Vallespín adelanta que su recuerdo estará atado al esfuerzo de teorizar una oposición existencial entre Occidente e islam.
Aquí puede leerse el texto original del "Choque de civilizaciones." Entre las réplicas al texto, vale rescatar la de Edward Said: "Choque de ignorancias" y el libro de Amartya Sen, Identity and Violence. Ésta es la respuesta de Huntington a algunos de sus críticos en ese debate. Aquí una conversación interesante entre Huntington y Anthony Giddens. El ensayo que contiene la pulpa de su diatriba contra la amenaza mexicana se encuentra en el sitio de Foreign Policy. Y por acá una larga lista de reseñas a Who are We?
Ha muerto Samuel Huntington, el politólogo más influyente de los Estados Unidos y, posiblemente del mundo. Su fama fue un caso extraño. Dentro de casa, en la academia, su trabajo era severamente cuestionado. Fuera, en la prensa, en los medios, en la tribuna política sus argumentos se volvían afluentes inevitables de la discusión mundial. Imposible caminar sin hacer referencia a sus pasos. Fue un investigador precoz que desde el principio estuvo envuelto en la polémica. Una reseña de su primer libro lo comparaba con Mussolini?desfavorablemente. Según un reseñista de The Nation, la filosofía de ambos era idéntica pero el dictador tenía, cuando menos, mayor gracia. Huntington hablaba entonces de la necesidad de resguardar la sociedad norteamericana con un ejército profesional curtido no en las ingenuidades liberales sino en el realismo conservador. Los académicos norteamericanos, exigentes como pocos en el procesamiento de los datos, en la formulación de las hipótesis, en la paciente labor de la investigación, vieron siempre con alguna desconfianza al politólogo que se negó a la especialización. En efecto, se atrevió a estudiar todos los ámbitos del fenómeno político: el orden, los partidos, la democracia, el impacto de la cultura, la gobernación, la seguridad nacional, la institucionalización. Se aventuró también a hablar de todos los regímenes y opinar de todos los rincones del mundo. Con frecuencia lo hizo con herramientas pobres, barnizando prejuicios en lenguaje académico. En alguna ocasión, cuando se discutía su ingreso a la Academia Norteamericana de Ciencias, Serge Lang, un matemático puso el grito en el cielo: Huntington no es uno de nosotros, no podemos aceptarlo en este club. La irritación del matemático era comprensible. En el libro El orden político en sociedades en transformación, publicado en 1968, argumentaba que la Sudáfrica del Apartheid era una ?sociedad satisfecha.? Lang analizó los argumentos de Huntington, descubriendo en ellos una falsa metodología matemática. El discurso de Huntington, decía él, proviene de un ?tipo de lenguaje que da la impresión de ser científico, sin ninguna de su sustancia.?
Pero si la relojería de su argumentación resulta suelta e imprecisa, el tino para elegir sus batallas y marcar su acento fue excepcional. Una aguda intuición y arrojo para lanzar hipótesis de grandes vuelos proyectó su trabajo más allá de las bibliotecas de Ciencia Política. Aquel libro publicado en el 68 era, en buena medida un libro contra el 68. Una afirmación del poder ante la bulla de la rebeldía. Para abrir boca, el libro dispara una sentencia atrevida y contundente: la distinción política más importante no es el tipo de gobierno sino el grado de gobierno. No importa tanto si se tiene una dictadura o una democracia; lo que cuenta es tener o carecer de gobierno; vivir en orden o sobrevivir la anarquía. Era un conservador que apostaba por la realidad por encima del ideal, por el orden como antídoto del caos.
Ese fue su primer empeño: la exploración del orden político como basamento indispensable. El hobbesiano dejaba atrás cualquier otra consideración. Lo esencial era la estabilidad, la eficacia de un gobierno que cobra impuestos, impone legalidad y castiga delincuentes; las libertades, el voto, los controles al poder eran accesorios. De ahí también su temor al exceso democrático. El conservador veía las sociedades contemporáneas como barcos en peligro. La amenaza era la democracia. El remedio, la desdemocratización. Se hunden los países ricos porque el peso de las exigencias sociales aumenta, los pasajeros olvidan sus responsabilidades y el capitán pierde poderes. La salvación del barco para Huntington exigía tirar el exceso democrático por la borda. Reinstaurar autoridad y alentar cierta apatía. El combatiente de la Guerra Fría era por ello, un curioso seguidor de Lenin y un abierto admirador del PRI como proveedores de estabilidad tras la conmoción revolucionaria.
La segunda obsesión de Huntington fue el peso de la cultura en la vida política y, en particular, la identidad. La economía cuenta, las instituciones importan, pero antes que cualquier otra cosa, pesan las costumbres. Por ahí llegó a la conclusión de que el nuevo eje de conflicto en el mundo sería cultural. Tras la desaparición de la Unión Soviética, el pleito no sería entre economías, ni entre ideologías políticas sino entre civilizaciones. El futuro estará marcado por el choque de civilizaciones, como dejó asentado en su trabajo más comentado. Por ese camino llegó también a la conclusión de que el corazón de su país estaba amenazado por los invasores del sur, que hablaban español y que se resistían a fundirse en la cazuela americana de las mezclas. Cuando vino a México, a Huntington lo llamaron racista por su descripción de los mexicanos. No fue un racista sino algo muy parecido: un nacionalista. Sus últimas dos obras son las más inquietantes: anuncian guerras sanguinarias y entrevé la mortalidad de su país. Ambas estridencias cojean del mismo pie: su noción de cultura. Huntington habla de la civilización y de las culturas como si fueran rocas, como si fueran datos fijos. Así, la cultura propia es un jardín que hay proteger frente a la amenaza de los invasores y la cultura ajena es una amenaza al tuétano colectivo. Una virtud tiene el nacionalismo antimexicano de Huntington: exhibe la absurda genética de nuestro propio tribalismo.
La previa gira de Madonna a México recibió la bendición del escándalo. La iglesia se ofendía por sus imágenes y algún político pedía censura: la juventud mexicana podía ser pervertida por esa exhibición de licencias. Era la Madonna que Camille Paglia celebraba como ejemplo de un nuevo feminismo: un llamado a las mujeres a ejercer el poder de su sexualidad. En 1990 la policía amenazaba con apresarla durante sus conciertos si se atrevía a profanar los símbolos de la fe. Steven Meisel la había retratado poco después en Sex, un libro que combinaba pornografía y moda para la mesita del café. Ahora llega a México como representante de una industria musculosa, profesional, vibrante e inofensiva. La presencia sacrílega de antes se ha vuelto signo de autoridad, con todo y trono. La insolente jovialidad transformada en perseverancia por la tenacidad del gimnasio y las efectivas enmiendas del quirófano.
Antes los poderes se sentían intimidados por la iconoclasta que mancillaba signos, que rompía roles, que subvertía el pudoroso orden de las vestimentas. Ahora, el auditorio que la recibía en México parecía una reunión de la república. ¿Llegó Monseñor Rivera al concierto? Un evento social del establishment. Sus conciertos fueron alguna vez pinchazos de brasieres expuestos; cáusticas profanaciones envueltas en tonadas fáciles. Su concierto reciente advertía desde el título que sería pegajoso y dulce. El espectáculo que se presentó hace unos días en el Foro sol fue, como ya han dicho otros, más aeróbico que erótico. El nuevo concierto de Madonna, decían en el New York Times, es una especie de entrenamiento con música de fondo y pantallas en movimiento. La artista convertida en atleta. El concierto glorifica la resistencia de una mujer que ha cruzado el medio siglo. La fuerza de Madonna parece intacta. Madonna despliega sus músculos, brinca la cuerda, baila, corre, sube y baja mil veces. No se cansa, no tropieza, no jadea. A veces desentona, pero no importa mucho. Nadie fue al Foro Sol a ver a una cantante. Fue a vivir la experiencia de un concierto de Madonna. A decir: yo fui a un concierto de Madonna. En efecto, el espectáculo es memorable no solamente por la fama y la leyenda de la protagonista sino porque funciona en lo básico: logra engullir al auditorio y fundar un tiempo en sus ritmos. Un espectáculo de factura impecable que revela una disciplina de látigo, una obsesión por lo perfecto.
La dispersión de evocaciones es desconcertante: un fallido misticismo, personajes de Keith Harring, un tubo de table-dance, rayos laser, flamenco, ritmos gitanos, algo de tango y mucho hip hop. El homenaje a la juventud que resiste las décadas, la celebración del profesionalismo no encuentran en el concierto aquel poderoso complemento de la herejía. No puede dejar de sentirse cierta nostalgia por aquella sacrílega, por aquel pop tan eficazmente provocador de las buenas conciencias. Los intentos están ahí pero no muerden. Madonna quiere seguir pellizcando convenciones pero simplemente produce un gran espectáculo en donde la tecnología visual es, quizá, lo que más embruja: pantallas cilíndricas que proyectan agua, enormes estelas en movimiento para danzarines virtuales. El concierto se politiza toscamente al desplegar inmensas imágenes de buenos que salvarán al mundo: Oprah y Bono, Mahatma Gandhi y Barack Obama. Hace unos meses, en sus conciertos preelectorales, su punzada fue tan sutil que contrastaba este equipo de héroes con la banda de los malos: Hitler y John McCain. La uña ya no raspa piel viva.
The Book Design Review, un interesante blog que sin ningún remordimiento juzga los libros por su portada, selecciona sus fachadas favoritas. Entre ellas: